A continuación, PARTITURA PARA EL FUEGO, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad de la XXIV Edición de la XXIV Edición de la BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA, celebrado del 9 de septiembre al 3 de octubre de 2026, recogidas en Revista 17 Musas. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
XXIV BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA
13 de septiembre de 2026, Teatro Central, en un rincón de una agitada noche
Le estoy cogiendo el gustito a venir al Teatro Central, ahora que arranca la nueva temporada, y ver qué nos depara el XXIV BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA, porque empiezo a ver un patrón que anida en lo inesperado, la sorpresa de la noche, que no sabes como espectador qué te vas a encontrar una vez se levante el telón. Esta noche los espectadores están expectantes, me paseo entre ellos y todo es sonrisas y taconeos, hasta alguna palma oí en la cafetería del teatro (por otra parte, ¿qué baile no puede florecer en un bar?). Tomé uno de los programas de mano y vi que hoy tendríamos el inmenso placer de disfrutar de la obra LEJANO de JOSÉ MAYA. Así que pa la sala que fui.
La disposición de tres filas, semihundidas frente al escenario, hacía tiempo que no las veía. Debo decir también, aquí mérito del flamenco y su proyección, que tuvo una gran afluencia internacional, especialmente asiática, entre el público. Subió el telón a oscuras, como entre sombras cerraría el show. Los puntos de luces tenues desdibujaban figuras sobre el escenario como si fantasmas de otro tiempo tomasen cuerpo: cuatro músicos, cuatro cantaores y José Maya dispuesto a entregarse por completo mediante el baile y la voz.

Refugiado en mi butaca, a uno de los lados de la sala, me dejé llevar por la magia de cuento que parecen evocar cada escena, en las que usando la penumbra, la fuerza de palmas y taconeos, esos silencios que apaciguan o preparan nuevos golpes de luz, así como el minimalismo instrumental trenzado con sonidos traídos desde otros siglos (muy previos a la electricidad, yo estuve ahí y sé lo que hablo). Este espectáculo sacrifica el hábito por pintar un lienzo en movimiento que te atrae hacia un centro de honestidad. Un ejercicio arrojadizo por parte de José Maya, mientras se refugia en buenos acompañantes que dan una estabilidad visual que recuerda a escenarios de tragedia griega, de teatro clásico.

Cinco voces que buscan un mismo pálpito, un aquí y ahora, logrado con elegancia y solvencia escénica. Me sobrecogió el volumen de voz rasgada, que como un manto, barre el aire para caer posado sobre los hombros de cada intérprete. Las luces, juego fundamental de contornos y áreas en las que moverse, reflejaron un camino hacia otro estado de la materia, una intimidad entre guitarrista y bailaor, o el encuentro multitudinario que calienta los ánimos entre la ausencia y el arrojo.

A mí me tenían siguiendo el ritmo con el pie, casi temía que derivase a un pulso sistémico, pues contagiaba a los asistentes que tenía en mi propia fila, y de ahí a las filas inferiores, como una ola que se abre antes de romperse entre las rocas, y cuando te quieres dar cuenta te ves el tic musical en las agentes de sala y hasta en el tobillo del chelista que espera su turno al fondo del escenario. Bravo contagio, mérito pleno de José Maya y su equipazo.
Uno que ha vivido siglos, una variada colección de experiencias propias de un dios burlón, vio matices en la musicalidad de aires medievales, de cámaras reales, de flamenco de tasca y resonancias de campo, todo empaquetado con un estilo superior, algo que no sólo conmoviese, sino también diera placer a la vista. La parte final, con un Maya arrodillado, cantando al fondo, al horizonte, es sobrecogedora. Más aún cuando has visto sudar su traje verde, minuto a minuto, con una entrega propia de la pasión más urgente. Todos salieron con el taconeo y el fragor de las palmas. Palmas y aplausos, mezclado de vítores, que cruzaron toda la obra hasta el fondo de la medianoche.

Puedes consultar otros artículos del autor haciendo clic aquí




