A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XXII: “SER PASTORA” – Laura Morales
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
8 de mayo de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
Una potente energía reverberaba a través del vestíbulo del Teatro Central aquella tarde. Al menos es lo que sentí al materializarme desde mi propio no-tiempo, cuando encontré esa luz inclemente de mayo a través de la cristalera que impactaba con todo, un bálsamo de revelaciones. Como buen eidôlon, me apresuré a ubicarme y seguí a las personas que subían escaleras, directos a la Sala Manuel Llanes. Antes de llegar les ofrecieron mascarillas para la boca, yo prescindí de ellas, no se puede matar a un fantasma, pero me quedé intrigado por las precauciones de la obra que estábamos a punto de ver: SER PASTORA de Laura Morales.

Una vez sentado por las gradas, en la penumbra que teníamos frente a nosotros se atisbaban balas de paja, telas que ondulaban desde el techo y algún círculo de cristal a un lado. Nos abandonamos a la oscuridad total cuando la obra inició, con un cántico lírico bellísimo que parecía retrotraernos a otra época, abocada al campo y a las exigencias del presente. Vimos a Laura Morales con un vestuario ceñido blanco en forma de encajes, unos tacones mínimos y una larguísima trenza negra que le superaba la cintura. El canto dio pie a música electrónica, con muchísimas variaciones, y comenzó un baile intenso, una atmósfera machacante en la que era difícil no moverse o tener intención de sumarse. Ella arrojaba pasos y gestualidades que conectaban con las asperezas de la canción, proyectaban sentimientos de rudeza y fluidez. Gracias a este trance, dejamos atrás el mundo exterior, con su mayo y su luz, para atender a un nuevo personaje que encarnaría la bailarina una vez se detuvo la música.

«¡¿Eso qué es?!» voceaba con vehemencia sin dejar de apretar los dientes. Se abría la puerta de la comedia y lo imposible cuando debatía para sí misma sobre la existencia de un montaña «que ayer no estaba ahí», de un cuerpo que no le pertenece, de un rostro que no controla. Rápidamente rompió la cuarta pared a tales inquisiciones, incluso hablaba con su padre invisible, cosa que me sorprendió no ver, porque entre espíritus nos reconocemos. Luego aprovechó para encararse con el público, levantando risas e inquietudes, porque ay de aquel que se hubiese atrevido a cogerle una oveja. «Te falta teatro pa correr» amenazaba. Y es que la obra nos situaba en un lugar incierto pero a todas luces rural en el que podría mezclarse la fiereza de un trabajo aislado y demandante con los ecos literarios y románticos que pueden poblar nuestro bagaje cultural. De hecho, llegaría un momento en el que se encarnaría a la Pastora Marcela, personaje secundario que aparece en El Quijote, que como mujer independiente prefiere dedicarse al campo y sus animales antes que aceptar caminos que le lleven a bodas o conventos. Laura Morales aprovechará para enfrentar la idea de que la hermosura no debe corresponder a los deseos, que, como el fuego, no es buena ni mala per se, sólo si la enfrentas a la fuerza.

Hubo risas, se blandieron verdades, se bailó con energía y se dibujaron movimientos y escenas de alta carga poética. De mis favoritas, sin duda, fue cómo fue a bañarse al río, accediendo a ese círculo de espejo mientras sonaba una música mínima, haciendo coincidir cada rasgado de violín con un roce de su cuerpo con la superficie cristalina. O aquella otra en la que agitaba su larga trenza tras descolgar una pesada bala de paja, que caía contundente al suelo, como un bloque de tiempo, láminas de pasado.

También hubo momentos de humor absurdo, protagonizado magistralmente por su dominio del rostro, las caricaturas anímicas, la repetición y la proximidad al rompeolas de su público. Una hora de obra que ojalá hubiese sido el doble, porque estábamos disfrutando muchísimo, y luego el regadío de aplausos lo constató. Con ese final abrupto en el que se preguntaba al público directamente con la desfachatez con la que puede sobrepasarse una niña engreída si alguien le ha visto y se ha enamorado de ella como para no dormir, cerró una obra invocando a los sueños de una forma muy particular. Esta pastora no cuenta ovejas. Ojalá llegue lejos esta danza rural del juego.

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Te dejo esta entrevista a Laura Morales sobre su forma de crear e inspirarse:
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