A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XXIV: “EL ENTUSIASMO” – Pablo Remón, Centro Dramático Nacional y Teatro Kamikaze
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
15 de mayo de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
No es la primera vez que me enfrento a un final de temporada. Se percibe una electricidad en el ambiente, un no te vayas todavía del público que mira una programación que se pliega como un acordeón en este fin de semana, para tomar aliento, y que se abra un nuevo capítulo de la historia del Teatro Central en el último trimestre del año. Pero no me quiero arrojar al futuro, porque en este teatro suelen guardar un dulce exclusivo para ese cierre, la guinda, los fuegos artificiales cuyo brillo responden a un nombre importante, un renombre diría, que en este capítulo de cierre 2025-2026 recae sobre los textos y dirección de Pablo Remón, quien, auspiciado por el Centro Dramático Nacional y Teatro Kamikaze, nos entrega su obra EL ENTUSIASMO.

La calidez de la sala A, un aforo completo que busca su asiento, el telón gris cerrado en su silencio, las voces efervescentes. Se cierran puertas, se aprecia algo de humo salir tras el cortinaje, las bocas se van cerrando a favor de unos ojos atentos, sube la lona y nos encontramos con un prólogo en forma de breve espacio oscuro, limitado por otro telón negro, en el que aparece Marina Salas para abrir el cofre de la memoria, para traer a escena a un Raúl Prieto y dejarnos una historia que será una introducción al tema principal de esta obra: Los caminos que se bifurcan y la duda existencial si tomamos el correcto. En este caso lo plantea desde un pasado adolescente hacia un futuro incierto, una suerte de relato dentro del relato que más tarde encajaremos, porque la obra nos llevará a través de cuatro actos y un epicentro sísmico en forma de crisis de la mediana edad.

Ya desde el primer acto se levanta el telón negro, se amplía el espacio, vemos una pared y estancia, todo en desnudo aglomerado de madera, con algunas puertas corredizas al fondo, y se incorporan a escena Francesco Carril y Natalia Hernández. A partir vamos a experimentar una historia que parece ir mutando en diferentes estilos, desde un terapéutico refresco de la situación actual de un matrimonio atrapado en sí mismos hasta una suerte de psicosis en las que se teme ser un títere literario escrito por una escritora que vive en el piso contiguo. Y es que están bien ligadas la autoconciencia vital y del contexto con el que arrancas cada mañana, con la expresión creativa (y sus consecuentes bloqueos) para aquellos que son porosos a lo que les orbita, a fin de pasarlo por esa «trituradora de carne» que es la mente despierta del escritor, y usarlo en sus relatos.


Una obra dramática que llevó al público con mucha facilidad a la carcajada eventual, gracias a ciertos recursos de repetición, otros de puro clown, así como contradicciones, que es otro de los pilares nucleares de esta obra. Y es que puede suscitar hasta ternura que uno de los protagonistas esté tan apasionado por la filosofía postestructuralista francesa (se menciona a Derrida, Habermas, pero también a otros ajenos a la etiqueta, como el psicoanalista Lacan). Y todo por ir en busca de esa identidad, de la respuesta mágica que se revelará (o eso cree) para los que se acerquen al pensamiento. La realidad es mucho más visceral, pero eso merece descubrirse viendo la obra. Me encantó particularmente la historia que narran sobre cómo el hijo acompaña al padre a comprar una lavadora y, mientras este pregunta por los ciclos de la misma, aquel joven leía El proceso de Kafka, ironizando sobre la superficialidad vacua que le suponía aquella escena en el MediaMarkt. Es una historia en la que se vuelve un par de veces y, cuya última reflexión entre hermanos, te atraviesa.


Es curioso porque, una vez finalizada la obra, hubo un encuentro con el público de Pablo Remón y el elenco actoral, en el que el propio dramaturgo confesó que esa escena de la lavadora está inspirada en hechos reales de su propia vida, él fue el joven que acompañaba al padre y que portada, en este caso, El mito de Sísifo de Albert Camus en el bolsillo. Ese encuentro fue fructífero, porque se habló de la escritura como reinvención, la estructura de la obra generada casi como un rompecabezas, bien buscada a base de contrastes, porque para el autor es importante cuando ve una obra que no sepa qué pasará luego. Además siendo una obra con tantísimo texto (¡bravo por la memoria de estos actores!), trabajo que fue transformándose mientras ensayaban, acabó siendo una verborrea terapéutica en la se habla para saber de qué se está hablando.


Una obra llena de bellos momentos, como aquel en el que un autor encuentra su libro en un macetero, semienterrado, y se apiada de esa copia. O de frases poderosas como aquella que indica «El destino de lo inmediato es ser abolido». Llega un momento perfecto en el que hay cuatro actores para dos personajes que van interactuando a la vez, como duplicidades anímicas del matrimonio, que es muy divertido. Vemos la transformación del espacio, desde su descripción inicial a su materialización final tan como había sido descrito. También el gran protagonismo que tiene el recurso de una plataforma que me mueve por raíles y que servirá de entrada y salida de elementos y personajes desde las patas del escenario. Una obra caleidoscópica que nos agita durante más de dos horas y que enfrenta miedos como la incertidumbre vital o si somos meras réplicas de nuestros padres.

Tras la tronada de aplausos me dejó pensando, si tras tanto escribir, habría un Aristófocles que escribe a Aristófocles, si estas crónicas de ultratumba están empuñadas por otra mano. Agité la cabeza y di una palmada al aire. A otra cosa. A veces da vértigo cuestionarse el espejo de la conciencia, mejor mirar a tierra para no tropezar. Y fui bajando las gradas, como todos. Sólo que mis pasos iban desapareciendo, secuestrado por el no-tiempo, hasta difuminarse y no rozar el nivel del escenario. Sólo dejé allí mi voluntad de volver y seguir fascinado por una nueva temporada del Teatro Central.
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