A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XXIII: “LOUISE” – Martin Zimmermann
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
8 de mayo de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
No hay tiempo que perder, parece demostrar esta compañía, porque mientras el público toma asiento dispone por escaleras y pasillos a unos seres de negro, con brazos larguísimos y sin rostro a la vista, casi con apariencia de pingüinos o sombras antropomorfas, todo muy cartoon, que van molestando de aquí para allá, a fin de poner orden y empezar el show. Estábamos en la Sala A del Teatro Central y comenzaba LOUISE de Martin Zimmermann. Tras dejar claro que no querían nada de teléfonos en sala, arrancaron un telón gris y dejaron ver un espacio de juego que aventuraba tres plataformas circulares y giratorias integradas en aquel suelo, así como algunos elementos metálicos como escaleras, sillas o una farola. Al fondo, un muro de madera lleno de puertas de todo tamaño y algos ventanales. Arrancó así esta fantasía diseñada desde un espíritu payaso y circense.

Tras desaparecer las figuras oscuras, ya levantando bastantes risotadas desde las gradas, aparecieron en escena los cuatro intérpretes que se echarían el espectáculo a la espalda la mayor parte del tiempo: Bérengére Bodin, Mariaana de Sanctis, Rosalba Torres Guerrero y Methinee Wongtrakoon. Todas talentosísimas para la danza, la comedia y otras habilidades, como puede ser el canto, la escalada artística o el manejo de aros.

Fue una de esas obras en las que no podíamos dejar de mirar qué pasaba en el escenario. Incluso había varios focos de acción a la vez, por lo que no podías aburrirte un segundo. Comenzó fuerte, con un desarrollo dictatorial en el que uno de los personajes, embozado en unas gafas de aviador y un gorro marino, no permitía una mínima libertad a sus compañeras, coordinando sus posibilidades, y saboteando todo atisbo de iniciativa. Poco durarían esas cadenas porque, para bien o para mal, esos personajes manifestaban una conducción errática e inesperada, que hacía florecer su independencia, por lo que pronto pasarían a otro tipo de atmósferas, mucho más lúdicas y con tiempo para escenas en solitario para cada una de ellas.

Un espectáculo netamente físico, sin muestra de cansancio, que no necesitaba de un vocabulario léxico, pues las onomatopeyas y los gestos, todo herencia del espíritu clown, hacían entendible cada marea de emociones. Las únicas veces que emplearían frases, mezclando el francés, inglés, italiano, alemán y español, fueron para interpelar al público o hacer brillar alguna exageración en los ejercicios. De hecho, hasta tuvieron un momento para hacer partícipe al público, a base de palmas, cantos y algún baile de brazos. Tenían al público entregado porque se lo trabajaron paso a paso.


Fue bellísimo algunas licencias más metafóricas como el uso de espejos o el momento en el que se sirven de máscaras y un títere a tamaño real para homogeneizarse y crear una secuencia más tenebrosa pero también relajada, con la que exaltar la belleza de la compañía. Sin duda, impresionaron a los asistentes, desde las escaleras que se convertían en tobogán, pasando por las coreografías circulares en las plataformas giratorias, o hasta con los bailes en las alturas de esa escalera vertical metálica. El humor como camino de salvación a través de la tragedia o las limitaciones que se intuía. Giros de una mente libre, la de su creador, y la de todas las intérpretes. ¡Bravo!

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