A continuación, EIDÔLON – Aristófocles eterno, la colección de crónicas literarias de Alberto Revidiego para cubrir la actividad relacionada con las Artes Escénicas que se desarrollan en los teatros de Sevilla, recogidas en Revista 17 Musas y Mapa Desbloqueado. Y Aristófocles, como eidôlon que es, más fantasma que nunca, participará de esta experiencia. Si quieres conocer en qué consiste este proyecto, aquí tienes la presentación.
CRÓNICA XXI: “CALENTAMIENTO” – Rocío Molina
TEATRO CENTRAL – EIDÔLON, ARISTÓFOCLES ETERNO
11 de abril de 2026 – 24s d.c. (veinticuatro siglos después de mi cuerpo)
Como un envidioso, el cielo se rebeló en truenos y lluvia, prólogo a lo que llegaba a la sala principal del Teatro Central, un espectáculo que había marcado tres días de agenda con el lacerante cartel de todo vendido en la web, herida que no cicatrizaba para los que querían ir y no encontraban la puerta. ¿La responsable? Rocío Molina y su obra CALENTAMIENTO. Tres días, repito, todos vendidos, uno detrás del otro. Aparecí en mitad del vestíbulo, apretado entre un gentío deseoso. Agobiado incluso para ser un eidôlon incorpóreo, con eso lo digo to. Decidí refugiarme ya en la Sala A, escondido bien arriba de las gradas, pero al entrar a sala ya podíamos ver a Molina estirando al fondo del escenario, haciendo el calentamiento de Calentamiento. Estaba en el suelo sobre una esterilla de deporte y, junto a ella, una silla metálica tan típica de terraza de bar. Al otro lado de la escena, se hibridaba una suerte de cabina con la imagen de un espejo grandísimo que deformaba el reflejo distante. Solo cuando terminó sus ejercicios, se despojó de la sudadera del chándal y la mencionada esterilla, se ató una falda y paseó por la escena, entre aplausos de los asistentes que ya marcaron una cálida actitud que se mantendría durante todo el espectáculo.

«Si en algún momento creéis que debería estar terminando, será mejor que os levantéis y os marchéis porque… yo no voy a dejar de empezar nunca». Con ese mensaje lapidario, segura de sí misma, arrancó una tabla de pies que duró media hora, un ejercicio que decía hacerlo más lento de lo acostumbrado (130 bpm) para «adormecer el ego y trabajar el aburrimiento», una costumbre que para los que estamos fuera nos pareció compleja pero que dominaba a la perfección, apostaría que incluso dormida, mientras iba compartiendo comentarios sobre autopercepción y correcciones profesionales, con mucho humor y tono desafiante, para generar una conciencia mayor sobre el ejercicio que presenciábamos. Yo ya estaba moviendo los pies por pura neuronas espejo, pero reconozco que a los veinte segundos me cansé y dejé el trabajo a los profesionales.

Cuando terminó fue arropada por más aplausos y vítores; lo que vendría a partir de ese punto sería una concatenación de escenas que se mecieron entre la búsqueda del límite corporal, el humor autorreferencial, escenas con atmósfera onírica y guiños a la comunidad flamenca, a la exigencia de sus entrenamientos, su virtuosismo, así como al fragor de sus fiestas. Ella declaraba un deseo antítesis de un espectáculo habitual de danza o flamenco: «Quiero una obra de bailarinas tranquilas», y se lograba a ratos, pero otros sólo faltaban que los pies, las manos o la lengua echaran humo, porque el pulso era mantenido desde una profesionalidad tirante que pivota sobre el placer cualitativo que le supone entregarse a su pasión. Combustión del estado de gracia.


La silla fue el elemento telúrico que le hacía elevarse hacia otros planos de realidad. Jugaba con ella, le cantaba, llamaba y abrazaba; esta, a cambio, se movía sola o se mantenía en equilibrios imposibles, bendecida por esa conversación poética con la bailaora. Y me parece un acierto esos trucos escénicos para que las sillas que aparecieran se moviesen solas, porque subrayaba la sensación magnética que desprende Rocío Molina, su poder en el idioma de la danza, conjura y consecuencia. Nosotros, su público, no quedaba en shock a pesar de los impactos; a cada rato clamaban, muchos óle, muchos guapa, y aplausos desiguales pero incesantes sobrevolaban el nido de los ecos de aquel auditorio.

Rocío Molina juega con sus límites, hace cosas que no son su fuerte, como cantar o tocar la batería (sí, hay un momento en el que tocará la batería casi a punto de la catarsis), como estarse quieta o trabajar a otros tempos; la evolución artística se fraguaba con el reto, los límites y lo impensable. Seduce esos horizontes, los hace suyos y ahora, ¿de qué no será capaz? Es una obra difícil de resumir (no me atrevería), salpicada de momentos en los que señala que no existe esa cuarta pared, que puede hablar con el público o reaccionar a sus gritos cuando quiera. Consigue emplear instrumentales como karaoke, transformar un calor de caseta de feria en una fiesta tecno, balar como una oveja, transformarse en un árbol de metal a base de soportar sillas encima mientras trabaja su tabla de pies, ojo. Poner los pelos de punta a todos cuando percusiona a un metro de José Manuel Ramos «Oruco», bailaor y cómplice, sentados de frente y sus cuerpos rozándose en la velocidad de sus danzas. Por no hablar de todos los textos de Pablo Messiez o la aparición sonora de cante e instrumentos de Ana Polanco, Ana Salazar, María del Tango y Gara Hernández.

Olas de energía que nos golpeaba a cada momento y que, más allá de los momentos de calma programada, nos hacían palpitar rápido, los pies relinchaban asalvajados en busca de pasos nuevos, y los aplausos llegaron sonoros, agradecidos. Todos compartíamos un poco aquel reducto psicológico de Molina cuando decía «yo no quiero que la fiesta termine». Y por eso no dejaba, confesaba, de empezar siempre. Una y otra vez. De hecho terminó la obra, y allí quedó, mientras todos salíamos, haciendo su tabla de pies, aguantando más que nadie, porque el nivel de exigencia es un hambre muy cruel, y si todos terminan a su hora, ella debe quedarse un poquito más.

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